«Confundí la depresión y la ansiedad que experimentaban mis hijos con el mal humor habitual, aunque desagradable, que todos asociamos con los adolescentes. Me basaba en las lecciones que yo misma había recibido al crecer y transmitía esas mismas herramientas, sin comprender que eran inadecuadas para los retos específicos a los que se enfrentaban mis hijos.»